14 de junio de 2026 — Fotografía
El Puente

El puente y el vértigo de lo posible

Hay puentes que no se construyen para unir, sino para recordarnos que estamos separados. Este es uno de ellos. Lo miro desde aquí, desde el borde donde el concreto todavía guarda el calor del día, y veo cómo la pasarela se eleva apenas, una curva mínima, y luego se entrega a la bruma. Lo que importa de este puente no es la otra orilla. Es que no puedo verla.
Kierkegaard decía que la angustia no es miedo a algo. El miedo siempre tiene rostro: el perro, la caída, el filo, la pistola. La angustia, en cambio, es el vértigo que sentimos ante lo que todavía no es, ante la pura posibilidad. No tiemblo porque al otro lado haya un peligro. Tiemblo porque al otro lado podría haber cualquier cosa, y entre todas esas cosas posibles está, también, la versión de mí que cruzaría. Eso es lo insoportable: no el abismo, sino que soy libre de arrojarme a él. La angustia, escribió, es el mareo de la libertad.
Las aves lo saben de un modo que nosotros olvidamos. Cruzan el cielo gris sin preguntarse qué hay del otro lado, porque para ellas no hay otro lado: solo aire, solo el siguiente batir. Nosotros, en cambio, nos detenemos en el umbral. Cargamos con la posibilidad como con un peso que nadie nos pidió levantar. Y ese peso es extraño, porque no es real todavía —es solo lo que podría ser— y sin embargo nos dobla la espalda más que cualquier carga verdadera.
Me pregunto si la bruma del fondo es piadosa. Si nos oculta la otra orilla para que podamos seguir creyendo que aún no hemos decidido. Porque mientras no la veo, todas las posibilidades viven a la vez: el que llega y el que se queda, el que se atreve y el que da media vuelta. El puente no me exige caminar. Me exige algo más difícil: reconocer que puedo. Y en ese "puedo" se abre el vértigo entero, esa caída hacia adentro donde uno descubre que la angustia no nos advierte de un enemigo, sino de la libertad que no sabíamos que teníamos.
Hay quienes nunca cruzan. Se quedan en la entrada, no por cobardía, sino porque han confundido la inmovilidad con la seguridad. Pero el puente sigue ahí, paciente, sosteniendo sobre sus mástiles de concreto todo lo que aún no me animo a ser. Y la bruma no se disipa por mirarla. Solo se disipa al caminar dentro de ella.
¿Y si lo que tememos del otro lado no es lo desconocido, sino descubrir quiénes nos volveríamos al llegar?
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