16 de junio de 2026 — Fotografía
La Feria

Hay una hora, justo cuando el día se esconde, en que la feria enciende sus luces como si encendiera otra forma de estar vivos. Primero es una sola bombilla, después otra, y de pronto el descampado que durante el día fue solo polvo y cables se vuelve un animal de colores que respira. El rojo del carrusel. El rosa imposible del algodón de azúcar. El amarillo que gira en la rueda de la fortuna y se reparte, como una bendición barata y verdadera, sobre las caras de quienes la miran hacia arriba.
Yo casi siempre llego solo, y me quedo en la orilla.

No vengo a subir a nada. Vengo a mirar. Hay un oficio callado en ser espectador de la alegría ajena, y lo fui aprendiendo sin proponérmelo: el niño que va sobre los hombros del padre y cree, desde esa altura, que el mundo entero le pertenece; la madre que sostiene tres globos y una mano pequeña al mismo tiempo y no suelta ninguno; los abuelos que ya no se suben a los juegos pero sonríen como si lo hicieran. Porque la felicidad, a cierta edad, ya no se vive: se contempla.
Y pienso que los colores de la feria no son para los niños. O no solo. Son para los que nos quedamos abajo. Esas luces existen para que alguien, desde el borde, recuerde que hubo un tiempo en que él también iba sobre unos hombros, en que un globo era un acontecimiento, en que la noche entera cabía en una sola vuelta de carrusel.

Por eso vuelvo cada año. No por la rueda, ni por el azúcar que ya no como. Vuelvo por esa hora en que las luces se encienden y las familias, sin saberlo, le devuelven a uno algo que creía perdido. ¿Será esto, al final, lo que nos toca? No estar nunca del todo dentro de la alegría, pero quedarnos cerca —en la orilla iluminada— aprendiendo a alegrarnos de que otros sean felices.

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