2 de enero de 2026 — Fotografía
Texturas del abandono, promesas del futuro

Salimos a caminar en familia, sin plan. El viejo aeropuerto de San Cris siempre ha sido eso: un espacio suspendido, ni recuerdo ni promesa. Caminas y el tiempo se vuelve raro.

Primero fue el silencio. Ese silencio amplio, de pista larga, donde los pasos suenan más de lo que deberían. Luego los edificios: techos vencidos, vigas expuestas como huesos que ya no duelen. No hay prisa en el abandono; todo cae despacio.
Me detuve en los detalles. Un bonsái, pequeño, firme, recibiendo una luz tibia que entra de costado. No pertenece ahí, pero tampoco desentona. Como si alguien hubiera decidido resistir en miniatura. Me recordó que incluso lo frágil puede tener forma, carácter.

Más adelante, las construcciones viejas. El color ocre, la teja rota, la madera reseca. Todo desaliñado, sí, pero honesto. El tiempo aquí no maquilla: texturiza. Cada pared guarda capas de uso, de intención, de olvido. Hay belleza en eso, aunque incomode.

Caminábamos y pensé en lo que será: la Universidad del Bienestar. Lo viejo tornándose nuevo. No como borrón, sino como palimpsesto. Lo que estuvo antes no desaparece del todo; se queda debajo, sosteniendo.
Vi a mi hermana cruzar la pista, de espaldas, como si midiera el espacio con el cuerpo. La escala humana frente a lo inmenso. Ese gesto sencillo —caminar— vuelve habitable cualquier ruina.

En un momento, una mano levantó un diente de león. Un arcoíris mínimo atravesó la imagen. Nada espectacular. Solo luz haciendo lo suyo. Pensé que así funciona el cambio: no llega con ruido, llega con pequeños desvíos de color.

Las nubes pasaban lentas sobre los edificios. No parecían juzgar. Solo estaban ahí, acompañando. Me gustó esa idea: que el futuro no tenga que pelearse con el pasado para existir.

Tal vez lo nuevo no siempre nace limpio. A veces nace con polvo, con grietas, con memoria. Y aun así —o por eso mismo— vale la pena habitarlo.
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